Mientras el Imperio Inca caía en manos
de los conquistadores, llegó a Sudamérica la noticia de
que el rey había accedido otorgar una gobernación a Diego de
Almagro, llamada Nueva Toledo, que estaría ubicada exactamente
al sur de la gobernación de Francisco Pizarro. Esta decisión
generó nuevamente un enfrentamiento entre los antiguos socios de la
conquista ya que la ciudad de Cuzco quedaba dentro de la
jurisdicción de Almagro, con lo cual la gobernación del Perú o
de la Nueva Castilla perdía su principal ciudad. Pizarro
suplicó a Almagro que dejara al Cuzco bajo su jurisdicción,
alentándolo a conquistar una comarca que se hallaba más al sur
denominada Chile, que según los indios era muy rica en metales
preciosos.
Como garantía de su pedido Pizarro prometió a
Almagro que si no encontraba riquezas en Chile podría
regresar y ambos se repartirían el Perú como hermanos.
Más tarde se corroborará que las exageradas historias sobre la
riqueza chilena habían sido fomentadas intencionadamente por los
propios incas con el objetivo de dispersar a las tropas españolas,
enviarlas a combatir con los temibles mapuches y alejarlas lo más
posible de Cuzco.
Almagro era un aficionado a las aventuras y además
estaba ansioso por conocer y conquistar la gobernación que tanto
había anhelado, por lo que finalmente aceptó el pedido de Pizarro y
solicitó a Manco Inca, emperador títere designado por los
españoles, que comisionara a dos señores principales con el
objetivo de que estos informaran a los distintos pueblos del sur que
los europeos eran ahora los nuevos soberanos de la región. Manco
comisionó para esta misión a su propio hermano Paullu Topa y al
sumo sacerdote Villac Umu, quienes fueron enviados inmediatamente
hacia el sur acompañados por tres castellanos a caballo. Luego
Almagro despachó una primera expedición a las órdenes de Juan
Saavedra, quien fundó el pueblo de Paria, primer asentamiento
español de la gobernación de Nueva Toledo y finalmente el
propio Diego de Almagro partió desde Cuzco el 3 de julio de 1535.
La expedición de Almagro atravesó la meseta
del collao, pasando por Paria y Topisa (hoy Tupiza),
donde los aguardaban Paullu Topa y Villac Umu. Los tres españoles
que debían acompañar a los emisarios incas habían desaparecido,
supuestamente con el objetivo de adelantarse en la conquista de
Chile. Los indios hicieron saber a Almagro que la tierra ubicada más
al sur era pobre y habitada por tribus belicosas y que las únicas
dos vías de acceso a Chile eran peligrosas: la ruta del desierto
de Atacama o el paso por la cordillera de los Andes. Los
españoles se definieron por la segunda opción y continuaron su
avance hacia lo que actualmente es la provincia argentina de Jujuy.
Mientras tanto, cuando Almagro aún estaba en Tupiza se produjo una
noche la fuga de Villac Umu quien comenzó a estimular una
sublevación de los indios de la región contra los castellanos.
Al llegar la expedición al valle de Quiriquirí (Santiago del
Estero, Argentina) se cruzó con una colonia de mitimaes del
Inca, establecidos allí para controlar a los naturales de la
provincia. Estos mitimaes enterados de la situación que atravesaba
el Perú, conspiraron para matar a los españoles, sin embargo la
gente de Almagro venció en esta batalla y prosiguió su viaje
hacia la cordillera andina, cuyo traspaso hacia los amenos valles
chilenos de Copiapó resultó sumamente arduo y
sacrificado. Una vez en Copiapó, Almagro se enteró que los tres
castellanos que se habían adelantado por su cuenta habían muerto
allí a manos de los indios. Sin poder entablar vínculo con las
desconfiadas tribus del lugar, la expedición continuó viaje por los
solitarios valles de Huasco y Coquimbo, con la noticia
de que más al sur la tierra era mala y estéril.
Otra
noticia que recibió Almagro en Coquimbo fue que en la provincia de
Chile habitaba un español, llamado Gonzalo Calvo de Barrientos.
La historia de este español era curiosa, ya que en Lima le
habían hecho cortar las orejas por ladrón y tras este hecho había
decidido exiliarse tierra adentro, hasta Chile, donde el barbudo
blanco fue recibido con admiración por los indios, a tal punto
que un cacique del lugar le había nombrado al mando de sus
guerreros. Almagro ordenó anunciar su llegada a Barrientos y este a
su vez pidió a los indios del lugar que recibiesen a los españoles
como amigos y él mismo se adelantó para dar la bienvenida a sus
compatriotas, ofreciéndoles maíz y ovejas. Poco antes de llegar al
pueblo de Aconcagua, cabecera de la provincia, la expedición
recibió la grata noticia que cerca de allí acababa de llegar el
pequeño buque Santiago, con armas, hierro y ropa.
Todo
parecía comenzar a salir bien para los españoles, al punto que su
arribo a Aconcagua fue una fiesta, sin embargo pronto llegó la
decepción cuando al indagar sobre las características de la región
los indios afirmaron de que allí y más al sur no había oro ni
grandes ciudades como las del Perú, sino que sus habitantes vivían
en cuevas o villorios de tan solo diez o doce casas, vestían con
pellejos de animal y no comían maíz, sino raíces, yerbas y granos
silvestres. Almagro encomendó al capitán Gómez de Alvarado
partir rumbo al sur al mando de ochenta jinetes, quienes confirmaron
el relato de los indios. Ante este panorama desolador, todos los
españoles comenzaron a clamar por la vuelta al Cuzco, aquella joya
del Perú, que por disposición del rey pertenecía a la gobernación
de Nueva Toledo. Finalmente Almagro ordenó la retirada, aunque esta
vez, recordando lo sacrificado que había sido el paso por los Andes,
se decidió tomar el camino de la costa, el del desierto de Atacama,
llegando al Perú en octubre de 1536.

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