La conquista del Perú se remonta a 1524, cuando tres
socios llamados Diego de Almagro, Hernando de
Luque y Francisco Pizarro, que por aquel entonces vivían
en Panamá, decidieron empeñar sus bienes para organizar la
conquista de un reino ubicado más al sur, sobre las costas
del océano Pacífico, donde según los indígenas sus
habitantes eran tan ricos que comían y bebían en platos y vasos
de oro, una tierra que prontamente fue conocida entre los
panameños con el nombre de Perú.
Hernando de Luque interpuso su influencia para conseguir la
licencia del gobernador Pedrarias Dávila y una vez
obtenida la misma, Almagro y Pizarro se lanzaron a la exploración
del mar del sur, en un viaje de unos catorce meses sin encontrar
nada destacable más que pantanos, bosques impenetrables y
poblaciones pobres con habitantes indomables. A pesar de este
fracaso, Almagro y Pizarro estaban convencidos de la existencia del
Perú y decidieron volver a embarcarse rumbo al sur, hasta las costas
de Quito, donde la expedición logró divisar los primeros
signos de una civilización avanzada con cultivos, ciudades y
numerosa población. Contrario al deseo de sus hombres de abandonar
la búsqueda del Perú, ambos conquistadores decidieron que Pizarro
se quedaría con el grueso de la expedición aguardando en la Isla
del Gallo, mientras que Almagro volvería a Panamá en busca de más
gente.
Como temía Almagro, el nuevo gobernador de Panamá, Pedro de
los Ríos, no solo negó que más hombres fueran enviados al sur,
sino que exigió el retorno inmediato de todos los que estaban
retenidos contra su voluntad en la Isla del Gallo. Ante el riesgo de
malograr toda la empresa, Pizarro marcó con su espada una línea en
la arena y dijo a sus hombres: "camaradas y amigos, por
aquí se va al Perú a ser ricos, por acá se va a Panamá a ser
pobres, escoja el que sea buen castellano lo que más bien le
estuviere". Junto a Pizarro permanecieron en la isla otros trece
hombres más. El gobernador Pedro de los Ríos aceptó que Pizarro
continuara buscando aquel reino de fantasía con la condición que en
un plazo máximo de seis meses se presentara en Panamá a rendirle
cuentas, fuese cual fuese el resultado de la expedición.
Finalmente, Pizarro regresó a Panamá dentro del plazo
establecido por el gobernador, pero a diferencia de lo que este
esperaba, Pizarro no volvió con las manos vacías sino con la
impactante noticia de que un poco más al sur del golfo de
Guayaquil había descubierto aquel anciado reino del Perú. Con
el aval de sus otros dos socios, Pizarro se embarcó rumbo
a España para entrevistarse con el rey Carlos V quien
le otorgó el derecho de exploración y conquista de un territorio de
doscientas leguas desde el río Santiago hacia el sur que a partir de
entonces sería conocido como Perú o Nueva Castilla.
Además, en las capitulaciones de Toledo (26 de julio de 1529), el
rey nombró a Pizarro gobernador, capitán general, adelantado y
alguacil de este nuevo territorio, Almagro fue nombrado hidalgo y
alcalde de la fortaleza de Túmbez, el padre Luque arzobispo de la
misma ciudad, y los Trece de la fama fueron ascendidos a la
hidalguía. Esto provocó la furia de Diego de Almagro quién amenazó
con disolver la empresa e ir en busca de nuevos socios para emprender
la conquista del Perú por su cuenta. Francisco Pizarro intentó
enmendar la situación con Almagro comprometiéndose a cederle el
título de adelantado y a solicitar ante la Corte la creación de una
gobernación nueva y exclusiva para su usufructo. Pizarro pasó por
su ciudad natal para incorporar a la hueste conquistadora a sus
hermanos y a una veintena de paisanos, con los que se embarcó para
Panamá. Con la situación relativamente normalizada Pizarro
emprendió en 1531 su último viaje desde Panamá hacia el Perú
fundando en esta tierra la ciudad de San Miguel, aunque temeroso
sobre la lealtad de Almagro decidió salir inmediatamente en busca
del soberano Inca al frente de ciento setenta y siete hombres antes
de que otro contingente se le adelantase.
Pizarro repitió el recorrido del segundo viaje y llegó a Túmbez,
donde pudo comprobar las exageraciones de Candía y quedó
decepcionado. La ciudad acababa de sufrir, además, los estragos de
la guerra civil motivada por las diferencias entre Huáscar y
Atahualpa. Decidió internarse en el país y prosiguió al Sur,
hallando ya tierras bien cultivadas. En Caxas recibió al fin
noticias del emperador Atahualpa, a quien había enviado varias
comunicaciones.
El inca, sin embargo, consideró que el contingente de
extranjeros era tan reducido que no valía la pena enfrentarlo, por
lo que el viaje de Pizarro y sus hombres fue algo más similar a una
paseo que a una campaña conquistadora. Los españoles finalmente
acamparon en Cajamarca, desde donde podían divisar, a una legua
de distancia el extenso campamento del ejército incaico donde
también se encontraba alojado Atahualpa. Pizarro envió a su
hermando Hernando hasta el campamento inca para solicitar la visita
del emperador a Cajamarca y finalmente este aceptó la invitación.
Acompañado por su ejército Atahualpa se apersonó en Cajamarca
al día siguiente, 16 de noviembre de 1532, y ante él solo encontró
al capellán y fraile dominico Vicente de Valverde, capellán de
la hueste, para leer el Requerimiento, exigirle abrazar la religión
cristiana y reconocerse como tributario del rey de Castilla.
Atahualpa reaccionó furioso ante tal pedido y el religioso, como
había sido acordado, pidió auxilio a Pizarro diciendo "Salid
a él, que yo os absuelvo", tras lo cual los españoles
respondieron con sus caballos y su artillería. Pizarro se abrió
camino hacia el Inca y se apoderó de su persona, lo que aterrorizó
a los indígenas, que huyeron en desbandada. La batalla duró media
hora, que fue lo que tardó en caer el imperio inca. La jornada
finalizó con el triunfo español y el secuestro del inca.
Atahualpa ofreció, a cambio de su libertad, llenar toda una
habitación con oro y otras dos habitaciones con plata hasta la
altura de un brazo alzado. Pizarro, aunque algo escéptico aceptó la
propuesta y durante las siguientes semanas los indios llevaron hasta
Cajamarca cientos de objetos de plata y oro para cumplir con la
promesa del emperador. Para acelerar la entrega del rescate tres
españoles fueron enviados hasta Cuzco, donde pudieron observar las
700 placas de oro que recubrían las paredes del Coricancha (Templo
del Sol), las cuales fueron arrancadas.
Mientras tanto Diego de Almagro llegó a San Miguel, uniéndose
rápidamente a las tropas de Pizarro en Cajamarca. Poco después,
cuando Atahualpa terminó de pagar su rescate y estaba en condiciones
de exigir su libertad, los conquistadores, temerosos de la
sublevación que podía organizar el Inca para recuperar su imperio,
decidieron condenarlo a muerte acusándolo de diversos crímenes como
el asesinato de su hermano Huascar y de otros actos como la
idolatría, la poligamia, etc.

No hay comentarios:
Publicar un comentario