viernes, 16 de agosto de 2019

Pizarro, Almagro y la conquista del Perú - 1524

La conquista del Perú se remonta a 1524, cuando tres socios llamados Diego de Almagro, Hernando de Luque y Francisco Pizarro, que por aquel entonces vivían en Panamá, decidieron empeñar sus bienes para organizar la conquista de un reino ubicado más al sur, sobre las costas del océano Pacífico, donde según los indígenas sus habitantes eran tan ricos que comían y bebían en platos y vasos de oro, una tierra que prontamente fue conocida entre los panameños con el nombre de Perú.
Hernando de Luque interpuso su influencia para conseguir la licencia del gobernador Pedrarias Dávila y una vez obtenida la misma, Almagro y Pizarro se lanzaron a la exploración del mar del sur, en un viaje de unos catorce meses sin encontrar nada destacable más que pantanos, bosques impenetrables y poblaciones pobres con habitantes indomables. A pesar de este fracaso, Almagro y Pizarro estaban convencidos de la existencia del Perú y decidieron volver a embarcarse rumbo al sur, hasta las costas de Quito, donde la expedición logró divisar los primeros signos de una civilización avanzada con cultivos, ciudades y numerosa población. Contrario al deseo de sus hombres de abandonar la búsqueda del Perú, ambos conquistadores decidieron que Pizarro se quedaría con el grueso de la expedición aguardando en la Isla del Gallo, mientras que Almagro volvería a Panamá en busca de más gente.​

Como temía Almagro, el nuevo gobernador de Panamá, Pedro de los Ríos, no solo negó que más hombres fueran enviados al sur, sino que exigió el retorno inmediato de todos los que estaban retenidos contra su voluntad en la Isla del Gallo. Ante el riesgo de malograr toda la empresa, Pizarro marcó con su espada una línea en la arena y dijo a sus hombres: "camaradas y amigos, por aquí se va al Perú a ser ricos, por acá se va a Panamá a ser pobres, escoja el que sea buen castellano lo que más bien le estuviere". Junto a Pizarro permanecieron en la isla otros trece hombres más. El gobernador Pedro de los Ríos aceptó que Pizarro continuara buscando aquel reino de fantasía con la condición que en un plazo máximo de seis meses se presentara en Panamá a rendirle cuentas, fuese cual fuese el resultado de la expedición.

Finalmente, Pizarro regresó a Panamá dentro del plazo establecido por el gobernador, pero a diferencia de lo que este esperaba, Pizarro no volvió con las manos vacías sino con la impactante noticia de que un poco más al sur del golfo de Guayaquil había descubierto aquel anciado reino del Perú. Con el aval de sus otros dos socios, Pizarro se embarcó rumbo a España para entrevistarse con el rey Carlos V quien le otorgó el derecho de exploración y conquista de un territorio de doscientas leguas desde el río Santiago hacia el sur que a partir de entonces sería conocido como Perú o Nueva Castilla.

Además, en las capitulaciones de Toledo (26 de julio de 1529), el rey nombró a Pizarro gobernador, capitán general, adelantado y alguacil de este nuevo territorio, Almagro fue nombrado hidalgo y alcalde de la fortaleza de Túmbez, el padre Luque arzobispo de la misma ciudad, y los Trece de la fama fueron ascendidos a la hidalguía. Esto provocó la furia de Diego de Almagro quién amenazó con disolver la empresa e ir en busca de nuevos socios para emprender la conquista del Perú por su cuenta. Francisco Pizarro intentó enmendar la situación con Almagro comprometiéndose a cederle el título de adelantado y a solicitar ante la Corte la creación de una gobernación nueva y exclusiva para su usufructo. Pizarro pasó por su ciudad natal para incorporar a la hueste conquistadora a sus hermanos y a una veintena de paisanos, con los que se embarcó para Panamá. Con la situación relativamente normalizada Pizarro emprendió en 1531 su último viaje desde Panamá hacia el Perú fundando en esta tierra la ciudad de San Miguel, aunque temeroso sobre la lealtad de Almagro decidió salir inmediatamente en busca del soberano Inca al frente de ciento setenta y siete hombres antes de que otro contingente se le adelantase.

Pizarro repitió el recorrido del segundo viaje y llegó a Túmbez, donde pudo comprobar las exageraciones de Candía y quedó decepcionado. La ciudad acababa de sufrir, además, los estragos de la guerra civil motivada por las diferencias entre Huáscar y Atahualpa. Decidió internarse en el país y prosiguió al Sur, hallando ya tierras bien cultivadas. En Caxas recibió al fin noticias del emperador Atahualpa, a quien había enviado varias comunicaciones.

El inca, sin embargo, consideró que el contingente de extranjeros era tan reducido que no valía la pena enfrentarlo, por lo que el viaje de Pizarro y sus hombres fue algo más similar a una paseo que a una campaña conquistadora. Los españoles finalmente acamparon en Cajamarca, desde donde podían divisar, a una legua de distancia el extenso campamento del ejército incaico donde también se encontraba alojado Atahualpa. Pizarro envió a su hermando Hernando hasta el campamento inca para solicitar la visita del emperador a Cajamarca y finalmente este aceptó la invitación.​

Acompañado por su ejército Atahualpa se apersonó en Cajamarca al día siguiente, 16 de noviembre de 1532, y ante él solo encontró al capellán y fraile dominico Vicente de Valverde, capellán de la hueste, para leer el Requerimiento, exigirle abrazar la religión cristiana y reconocerse como tributario del rey de Castilla. Atahualpa reaccionó furioso ante tal pedido y el religioso, como había sido acordado, pidió auxilio a Pizarro diciendo "Salid a él, que yo os absuelvo", tras lo cual los españoles respondieron con sus caballos y su artillería. Pizarro se abrió camino hacia el Inca y se apoderó de su persona, lo que aterrorizó a los indígenas, que huyeron en desbandada. La batalla duró media hora, que fue lo que tardó en caer el imperio inca. La jornada finalizó con el triunfo español y el secuestro del inca.​

Atahualpa ofreció, a cambio de su libertad, llenar toda una habitación con oro y otras dos habitaciones con plata hasta la altura de un brazo alzado. Pizarro, aunque algo escéptico aceptó la propuesta y durante las siguientes semanas los indios llevaron hasta Cajamarca cientos de objetos de plata y oro para cumplir con la promesa del emperador. Para acelerar la entrega del rescate tres españoles fueron enviados hasta Cuzco, donde pudieron observar las 700 placas de oro que recubrían las paredes del Coricancha (Templo del Sol), las cuales fueron arrancadas.​

Mientras tanto Diego de Almagro llegó a San Miguel, uniéndose rápidamente a las tropas de Pizarro en Cajamarca. Poco después, cuando Atahualpa terminó de pagar su rescate y estaba en condiciones de exigir su libertad, los conquistadores, temerosos de la sublevación que podía organizar el Inca para recuperar su imperio, decidieron condenarlo a muerte acusándolo de diversos crímenes como el asesinato de su hermano Huascar y de otros actos como la idolatría, la poligamia, etc.

La resistencia inca prosiguió por parte de los quiteños, que intentaron salvar cuanto quedaba del imperio. Pizarro se dirigió hacia Cuzco y saqueó los templos, terminando con lo que quedaba del culto al sol. Envió desde allí una expedición para tomar posesión del lago Titicaca, del que tanto hablaban los indígenas, ordenó repartir los solares de Cuzco a los nuevos pobladores españoles, y fundó Jauja y Trujillo.

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