La conquista del territorio de la actual Argentina, Paraguay,
Uruguay y Bolivia se realizó en un largo período de
tiempo, no fue una conquista propiamente dicha, ya que no hubo
grandes batallas, ni gobiernos nativos derrotados. Fue un lento
proceso de pequeñas escaramuzas y pequeños avances acompañado
de cierta colonización apoyado en la fundación de fuertes
militares que fijaban la posición y de pequeñas ciudades en donde
se dejaba un retén y servía de base para futuras expediciones.
Dicho proceso tuvo dos orígenes: uno desde las costas del océano
Atlántico con expediciones organizadas desde España
que ya desde principios del siglo XV surcaron las costas rioplatenses
y ascendieron sus ríos; y el otro desde Perú y Chile,
expediciones continuadoras de la conquista del imperio
inca y del litoral pacífico de Chile.
El nombre de Río de la Plata le viene,
no porque en él haya habido o haya plata, sino porque para los
españoles este río era el camino que llegaba hasta la Sierra
de la Plata. Legendaria sierra en la que, según las
historias contadas por indios guaraníes, residía el rey
Blanco y en ella había oro y plata en abundancia, lo
que puede identificarse como el reino del Perú y sus riquezas
naturales. Este fue el combustible que recargó las energías de los
conquistadores para explorar dicha zona e impulsó numerosas
expediciones en su búsqueda, algo similar al Dorado en
las regiones amazónicas.
La primera expedición que llegó hasta el Río de la Plata
comenzo el 24 de noviembre de 1514, fecha en la que el
rey Fernando capituló en el
navegante Juan Díaz Solís para encontrar
un paso que condujese al Mar del Sur,
recientemente descubierto por Vasco Núñez de Balboa,
pero costeando mucho más hacia el sur de lo que ya lo habían
hecho Vicente Yáñez Pinzón y Américo
Vespucio, y que una vez encontrado ese paso navegasen hacia
el norte hasta llegar a espaldas de Castilla del Oro,
en el istmo centroamericano. La expedición estaría compuesta de 60
hombres, 3 naves y provisiones para dos años y medio. El propio rey
sufragaba el coste del proyecto con cuatro mil ducados.
Partieron de Sanlúcar de Barrameda el
8 de octubre de 1515. Tras 4 meses de navegación y recorrer la costa
brasileña llegaron en febrero de 1516 al puerto de Nuestra
Señora de la Candelaria, en el estuario del
Río de la Plata al que llamaron Mar
Dulce por su anchura. Allí tomaron posesión de esas
tierras en nombre del rey de Castilla. En vez
de continuar hacia el sur Solís ordenó explorar hacia el oeste e
internarse en el estuario. Al llegar a una isla fueron atacados por
los guaraníes, que capturaron a su capitán y a algunos hombres,
ejecutándolos frente a sus compañeros, que impotentes contemplaban
la imagen desde los buques. Evidentemente, levaron anclas y al mando
del piloto Francisco de Torres tomaron
camino a España. Pero los problemas no terminarían ahí porque al
pasar cerca de la isla Santa Catalina una
de las carabelas zozobró y naufragó. Su tripulación no podía
subirse en las demás carabelas por lo que tuvieron que quedarse
allí. Uno de los náufragos era Alejo García que
tras oir las historias que le contaban los nativos, decidió junto a
cuatro compañeros y con medios indígenas lanzarse a la búsqueda de
esa Sierra de la Plata. Saliendo de la provincia de Santa Catalina
llegaron al río Paraná y al Paraguay y
atravesaron tierras habitadas por multitud de pueblos guaraníes que
se unieron a ellos y llegaron a la región del Chaco por
el puerto de San Fernando en donde tras
batallar con numerosas tribus de la zona lograron reunir un magnífico
botín de oro y plata y regresar a Paraguay. Esta fue la primera vez
que una expedición llegaba desde la costa brasileña hasta
la cordillera de los Andes, entrando en
contacto conquistadores españoles con tribus del imperio de los
incas varios años antes de que Francisco Pizarro lo
hiciese llegando desde Castilla del Oro. García envió emisarios a
la isla Santa Catalina para dar a conocer su hallazgo y su éxito
pero los guaraníes quisieron quedarse con todo y asesinaron a los
conquistadores españoles. Aún así las noticias de estas riquezas
se propagaron creándose la leyenda del Rey Blanco y la
Sierra de la Plata, ya comentada anteriormente. Tras
aquellas primeras expediciones que entraron en el Río de la
Plata de Juan Díaz Solís y de Alejo García tuvo que pasar
prácticamente una década para que se iniciaran nuevos intentos para
buscar la ruta hacia el Mar del Sur.
En 1525 partió de La Coruña (España)
una nueva expedición capitaneada por Fray García Jofre
de Loaysa, presidente del Consejo de Indias
y Obispo de Osma, con 7 buques y 450 hombres
que tenían como destino las islas Molucas siguiendo
la ruta encontrada por Magallanes unos
años antes, pero no tuvieron éxito. Ante la falta de documentacion
sobre esa expedición poco más puede decirse.
Poco después, la corona castellana encargó al marinero
veneciano Sebastián Caboto (hijo de Juan
Caboto) una expedición para seguir, al igual que Loaysa, la
ruta realizada por Magallanes hacia las islas Molucas. Partieron el 5
de abril de 1526 de Cádiz (España) y al
llegar a las costas brasileñas escucharon noticias de fabulosas
riquezas en el Río de la Plata. Se
encontraron con la tesitura de seguir adelante o dar crédito a esas
historias de inmensas riquezas. Había habido casos en los que
conquistadores habían desobedecido órdenes reales y gracias a eso
obtenido grandes riquezas y victorias grandiosas, y con ellas el
perdón real y la concesión de grandes privilegios. ¿Por qué no
había de ocurrir lo mismo con ellos. Decidieron, pues, desobeceder
la capitulación con el rey Carlos I.
Llegaron a la altura del Cabo de Santa María,
punto de entrada del estuario del Río de Solís o Río
de la Plata. Ascendieron pegados a la costa y se
encontraron a Francisco del Puerto,
español superviviente de la matanza que sufrieron los hombres
de Díaz de Solís, que les orientó y
suministró valiosa información del área y de como llegar a
la Sierra de la Plata. Por el río
Paraná navegaron hasta llegar a la confluencia con
el río Carcarañá en donde Caboto
fundó Sancti Spíritus el 11 de mayo de
1527, primer asentamiento español en las riberas del Plata. En este
lugar permanecieron varios meses construyendo un bergantín más
apropiado para la navegación fluvial.
A finales de diciembre, dejando una pequeña guarnición de 30
hombres en el fuerte, partieron en nueva expedición hacia el río
Paraguay, el cual, según los nativos, les llevaría a su
objetivo final. Pero al poco de partir comenzaron los problemas, las
provisiones se agotaron y los lugares que recorrían no les ofrecían
demasiados alimentos, además, algunas tribus nativas fueron
amistosas pero otras no y al final tuvieron que regresar tras duros
enfrentamientos con los indios agaces y
quedarse prácticamente sin hombres.
Caboto decidió regresar a Sancti Spíritus y dar por cerrada esta
expedición. Pero más tarde, y gracias a la llegada de la expedición
de Diego García de Moguer, lograron refuerzos
e intentaron ascender de nuevo el río Paraguay, pero volvieron a
fracasar. Las relaciones con los indios se tensaron y finalmente
éstos atacaron y destruyeron completamente Sancti Spiritus, dejando
a los españoles sin un refugio seguro. Lo mejor era regresar
a España. Caboto habría fracasado en su
intento de conseguir riquezas en la Sierra de la Plata y así atenuar
las consecuencias que su indisciplina podía causarle. Al llegar
a Sevilla fue detenido y procesado pero
las penas a las que fue condenado no pasaron de ser económicas y no
demasiado altas por lo que ya en el año 1532 recuperó su cargo de
capitán y piloto mayor.
El 21 de mayo de 1534 el rey Carlos I capituló en favor de don
Pedro de Mendoza para la conquista del Río de la
Plata. En dicha capitulación se le daba permiso para
conquistar entre los paralelos 25 y 36, es decir, todos los
territorios del Río de la Plata y con la facultad de penetrar por
ellos hasta hallar el Mar del Sur concediéndole doscientas leguas de
la costa, contándose a partir de los territorios asignados en Chile
a Diego de Almagro. La expedición la
organizaría el adelantado a su costa y debía llevar mil
hombres, en dos viajes, con mantenimientos para un año y cien
caballos y lleguas. Su misión era la de conquistar toda esa zona
que se pensaba era la puerta de entrada desde el Atlántico al Perúy,
además, había que evitar que los portugueses lo hiciesen
antes; el embajador español en Lisboa, don
Luis Sarmiento, había avisado de la preparación de una
gran expedición portuguesa a la misma región, debido a la
indefinición de las fronteras entre el Brasil y
los dominios españoles.
El 24 de agosto de 1535 salieron de San Lúcar de
Barrameda once naves y unos 1300 personas en dirección
a las islas Canarias. En ella viajaban
hidalgos, caballeros de órdenes, capitanes experimentados, parientes
y allegados del Adelantado, regidores, contadores, escribanos,
tesoreros, veedores, etc. Llegaron en los primeros días de enero de
1536 al estuario en donde poco después, en febrero, se fundó Santa
María del Buen Aire, en su margen occidental. Esta iba a
ser la base principal para explorar el camino que llevaría hasta
la Sierra de la Plata.
Ya desde el principio y mientras se construía la nueva ciudad se
enviaron expediciones hacia el interior, la primera fue la
capitaneada por Juan de Ayolas, mayordomo de
Don Pedro de Mendoza, que ascendió el río Paraná y
el 15 de junio de 1536 fundó la ciudad de Corpus
Christi cerca del río Coronda en
un lugar de rico suelo, abundantes y variados cultivos y mucha pesca
y caza e indígenas amistosos y colaboradores. En esta nueva ciudad
dejó a cien hombres al mando del tesorero Gonzalo de
Alvarado emprendiendo Ayolas el regreso a Buenos Aires
con las naves bien abastecidas para reducir la situación de penuria
que allí se vivía desde varios meses antes.
Al llegar se encontraron con el poblado prácticamente destruido y
sus habitantes desnutridos tras sufrir un durísimo asedio de varias
semanas por los nativos, y sobrevivieron gracias a que los mismos
indios que realizaban la acción se quedaron sin alimentos y tuvieron
que volver a sus tierras. A pesar del desastre de la ciudad, las
buenas noticias que llevó Ayolas animaron a Pedro de Mendoza a
enviarle de nuevo en busca de la Sierra de la Plata; rápidamente
organizaron una nueva expedición que partió el 4 de octubre de 1536
del pequeño puerto de Buena Esperanza, pequeño
fuerte que habían construido avanzado el río Paraná. La expedición
estaba compuesta por una carabela y dos bergantines y se embarcaron
170 hombres. Mendoza regresó a Buenos Aires para seguir con los
trabajos de reconstrucción y de aseguramiento del poblado. Allí
llegaron por sorpresa desde la isla Catalina,
situada al norte frente las costas de Brasil, varios españoles de
expediciones anteriores que habían quedado en dicha isla y que
habían formado familias con nativas. Mendoza les comentó los éxitos
alcanzados y la nueva expedición que estaba realizando Ayolas; el
capitán Hernando de Ribera, uno de los recién
llegados, le adivirtió de que esa expedición, por los pocos
miembros y lo peligroso de la zona, corría serio peligro. Ribera ya
estuvo en el Río de la Plata con Caboto y sabía perfectamente que
muchas tribus nativas no permitirían pasar por sus tierras a los
extranjeros, por lo que se enfrentarían con ellos. Ante estas
imprevistas noticias decidieron organizar una expedición de auxilio
a Juan de Ayolas, con 3 bergantines, 100 hombres y al mando de los
capitanes Juan de Salazar de Espinosa y Gonzalo de
Mendoza. Dicha expedición tuvo mucha resonancia ya que fue
la que posteriormente fundó la ciudad de la Asunción.
Partieron el 15 de enero de 1537.
La salud del Adelantado don Pedro de Mendoza, se deterioró mucho
durante esos días. Ya había llegado al Río de la Plata con
bastantes problemas pero su energía y ambición le hicieron siempre
continuar adelante, pero ya había llegado a un estado en el que los
síntomas de su enfermedad impedían y estorbaban sus funciones de
gobernador. Decidió volver a España, nombró a Juan de Ayolas como
teniente de gobernador y, mientras la ausencia de este, cedía el
mando a Francisco Ruiz Galán. Mendoza murió
en el viaje de regreso a España sin haber conseguido llegar a su
objetivo de la Sierra de la Plata ni asentado un poblamiento
permanente ya que Buenos Aires sería abandonado a las pocas semanas
de partir él, es más, aconsejó a los que allí se quedaron que se
marchasen y buscasen otro emplazamiento río arriba.

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