domingo, 4 de agosto de 2019

Enrolamiento de la hueste


Una vez que el capitán conquistador obtenía su capitulación y reunía el dinero necesario para la puesta en marcha de la operación, abría el enrolamiento de voluntarios. Teóricamente, ninguno de los soldados era moro, judío, hereje, etc., pero en la práctica esto era imposible de evitar. Era frecuente que la hueste se reclutara en España y se completara en Indias. La escala en América se aprovechaba muchas veces para desertar, pues los enrolados preferían probar suerte como pobladores antes que seguir hacia su incierto destino. Casi nunca se dio el caso de que una hueste se hubiera formado íntegramente en la Península, como ocurrió con las Mendoza y Narváez.

Había una impresionante anarquía en el vestido y armamento de los conquistadores. Cada soldado se ponía encima lo que le parecía e iba armado como podía. La artillería solía ser escasa y muy ligera, y constituía una de las grandes armas contra los indios, junto con los caballos y los perros.

Los propios indios, convertidos en aliados por las fuerzas de las circunstancias (habían sido vencidos) o por su odio hacia un enemigo común, integraban unidades de combate a vece muy considerables. También era corriente que las huestes fueran acompañadas de numerosos indios portadores llamados tamemes. Este servilismo se puso de moda a partir de la conquista de México. Junto a los tatemes, figuraba las soldaderas españolas y las mujeres indígenas que, por fuerza en la mayoría de los casos, seguían a sus parejas. Para las soldaduras españolas, de la misma extracción humilde que los conquistadores, la conquista les ofrecía la posibilidad de convertirse en señoras de las floreciente colonia asentada en la tierra conquistada.

La hueste iba acompañada de los baquianos o expertos conocedores de la tierra y los lenguas o intérpretes, que solían ir junto al capitán, y el religioso, si lo había. Una vez dentro del territorio de conquista, se erigía a veces una población para que sirviera de base de aprovisionamiento o de posible retirada. Estas ciudades, en realidad campamentos militares, solían trasladarse luego a sitios más idóneos.

La empresa conquistadora se clausuraba cuando había logrado su objetivo. Venía entonces el reparto del botín y cada soldado se iba en una dirección. Si había tenido suerte, a vivir de su encomienda o de su cargo, pero muchos dilapidaban en el juego lo que habían ganado, y los menos buscaban algún sitio tranquilo donde vivir. La mayoría de ellos, se enrolaba en otra nueva empresa de conquista.

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