Una vez que el capitán conquistador obtenía su capitulación y
reunía el dinero necesario para la puesta en marcha de la operación,
abría el enrolamiento de voluntarios. Teóricamente, ninguno de los
soldados era moro, judío, hereje, etc., pero en la práctica esto
era imposible de evitar. Era frecuente que la hueste se reclutara en
España y se completara en Indias. La escala en América se
aprovechaba muchas veces para desertar, pues los enrolados preferían
probar suerte como pobladores antes que seguir hacia su incierto
destino. Casi nunca se dio el caso de que una hueste se hubiera
formado íntegramente en la Península, como ocurrió con las Mendoza
y Narváez.
Había una impresionante anarquía en el vestido y armamento de
los conquistadores. Cada soldado se ponía encima lo que le parecía
e iba armado como podía. La artillería solía ser escasa y muy
ligera, y constituía una de las grandes armas contra los indios,
junto con los caballos y los perros.
Los propios indios, convertidos en aliados por las fuerzas de las
circunstancias (habían sido vencidos) o por su odio hacia un enemigo
común, integraban unidades de combate a vece muy considerables.
También era corriente que las huestes fueran acompañadas de
numerosos indios portadores llamados tamemes. Este servilismo se puso
de moda a partir de la conquista de México. Junto a los tatemes,
figuraba las soldaderas españolas y las mujeres indígenas que, por
fuerza en la mayoría de los casos, seguían a sus parejas. Para las
soldaduras españolas, de la misma extracción humilde que los
conquistadores, la conquista les ofrecía la posibilidad de
convertirse en señoras de las floreciente colonia asentada en la
tierra conquistada.
La hueste iba acompañada de los baquianos o expertos conocedores
de la tierra y los lenguas o intérpretes, que solían ir junto al
capitán, y el religioso, si lo había. Una vez dentro del territorio
de conquista, se erigía a veces una población para que sirviera de
base de aprovisionamiento o de posible retirada. Estas ciudades, en
realidad campamentos militares, solían trasladarse luego a sitios
más idóneos.
La empresa conquistadora se clausuraba cuando había logrado su
objetivo. Venía entonces el reparto del botín y cada soldado se iba
en una dirección. Si había tenido suerte, a vivir de su encomienda
o de su cargo, pero muchos dilapidaban en el juego lo que habían
ganado, y los menos buscaban algún sitio tranquilo donde vivir. La
mayoría de ellos, se enrolaba en otra nueva empresa de conquista.

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