sábado, 3 de agosto de 2019

Vocación, aprendizaje y oficio de conquistador


Salvo casos muy excepcionales, los conquistadores abrazaron su oficio por necesidad, no por vocación. En la escala social, el oficio de conquistador estaba por debajo del de descubridor. El conquistador pertenecía, por lo regular, a la ralea de los malditos: soldado sin compañía, villano arruinado, pícaro sin víctimas, criado sin amo, marinero sin barco, segundón o tercerón de familia noble sin oficio ni beneficio, campesino sin tierra, porquerizo sin cerdos, abogado sin pleitos, funcionario sin empleo, etc. El conquistador reclutado en América tenía la misma extracción, a la que añadía el haber fracasado en su intento de convertirse en acomodado encomendero, minero o ganadero. En cuanto a las regiones de procedencia, parecen ser principalmente Andalucía, Extremadura y Castilla, afectadas por la crisis manufacturera del segundo cuarto del siglo XVI.

El oficio de conquistador se aprendía en América, enrolado en una hueste, y por el método experimental. Muy pocos habían tenido experiencia previa anterior. El español se hacía conquistador con el deseo de convertirse en encomendero. Ejercía temporalmente el oficio de conquistador con el deseo de abandonarlo lo antes posible. Sólo los fracasados continuaban con dicha profesión. Del conquistador se han resaltado características como su espíritu combativo, su religiosidad (probada en el hecho de que nunca se rebeló contra sus jefes cuando destruyeron los ídolos indígenas, poniendo en peligro la supervivencia de la propia hueste), su sentido del honor, su codicia (se advierte en que, una vez logrado un buen botín, volvían a invertir lo ganado en nuevas empresas), su deseo de notoriedad y su crueldad, una mezcla de elementos medievales y renacentistas. Realmente parece más medieval que moderno, como lo acredita su escaso espíritu crítico, que le lleva a perseguir mitos como la fuente de la eterna juventud, la ciudad áurea de El Dorado, o pueblos de gigantes y amazonas. Quizá la mejor aproximación que puede hacerse a la figura del conquistador es la de pensar que se trata de un maldito de la sociedad española que intenta distinguirse mediante su sacrificio personal, hasta límites extremos, para convertirse en un funcionario o en un encomendero. La imagen señorial constituyó la verdadera obsesión de todo conquistador, pero pocos lograron realizarla, pues la Corona estuvo en guardia contra las tendencias señoriales que minaban su realengo y cortó muy pronto sus mercedes de títulos nobiliarios a los conquistadores, medida aplaudida por la nobleza castellana, que consideraba a los conquistadores como unos advenedizos que pretendían ensalzarse por haber matado unos cientos o miles de indios. Más fácil fue conseguir encomiendas o cargos administrativos, pero la mayor parte carecía de preparación adecuada para los últimos. La Corona comprendió la situación y envió a Indias a su burocracia, formada en las universidades españolas, lo que provocó el primer enfrentamiento entre españoles peninsulares y españoles americanos.

El capitán era de los pocos que habían tenido experiencia previa de combate al servicio de otro capitán anterior. Su misión era conducir la hueste hacia el objetivo con el menor número de bajas y de esfuerzo posibles, conquistar el territorio, obtener un cuantioso botín y transformar luego la compañía armada en pobladora del lugar. Para todo esto debía contar con una enorme autoridad, emanada de su capitulación firmada por el Rey, o delegada del Gobernador. Solía reforzarla con el cargo de Justicia y, sobre todo, con sus poderes potenciales: facultad para repartir el botín, futuras encomiendas y solares. Sin embargo, los capitanes no solían ser demasiado autoritarios con sus hombres y procuraban tomar las grandes decisiones consultando a sus subalternos y los soldados más experimentados, pues eran conscientes de que gestionaban una empresa comunal. El capitán carecía por lo regular de privilegios y combatía como cualquier otro soldado

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