Tras sopesar las crónicas de la época, el
historiador Esteban Mira Caballos valora en más de
2.000 las bajas sufridas por el inca. Ni un solo español
murió. ¿Por qué Pizarro capturó a Atahualpa y mató a tantos de
sus seguidores en lugar de que las fuerzas inmensamente más
numerosas de Atahualpa liquidaran a Pizarro y los suyos?
Las
explicaciones habituales describen a un inca que minusvaloró a unos
españoles de muy superior tecnología militar y que, a diferencia de
él, contaban con la experiencia de Hernán Cortés en México
para saber exactamente lo que había que hacer:
capturar al rey dios y esperar a que seguidamente sus súbditos se desmoronasen. En 'Armas, gérmenes y acero', el célebre antropólogo
Jared Diamond concluía: "No solo Atahualpa carecía de la menor
idea de los propios españoles, y de toda experiencia personal de
cualquier otro invasor exterior, sino que ni siquiera había oído (o
leído) acerca de amenazas semejantes a cualquier otra persona, en
cualquier otro lugar, en cualquier época anterior de la historia.
Aquella diferencia de experiencias alentó a Pizarro a tender
su trampa y a Atahualpa a caer en ella". Y sin embargo, explica Mira Caballos, tales
explicaciones no son del todo precisas. Hubo algo más.
En su biografía de Francisco Pizarro, Mira
Caballos defiende que el caso de Atahualpa tiene poco
que ver en realidad con el de Moctezuma. Mientras el azteca
recibió con auténtico terror a los hombres de Hernán Cortés, a
los que creía sinceramente dioses, el inca era un hombre
inteligente, según lo describen los cronistas, que acudió a la
celada de Cajamarca con más curiosidad que miedo, seguro de vencer a
aquellos pobres tipos a los que, sin embargo, no
infravaloró. Antes realizó un minucioso seguimiento
mediante espías desde su irrupción en las fronteras del imperio,
les puso todo tipo de trampas en su camino, desde el desvío de los
cauces de los ríos hasta la rotura de la calzada, y por último"no
escatimó esfuerzos, pues se presentó con el grueso de su ejército
en perfecta formación de combate". No fue su orgullo la causa
de su derrota sino una serie de errores tácticos que los
españoles no dejaron escapar.
Atahualpa cometió tres errores
decisivos. El primero fue evacuar la ciudad y acudir a un
encuentro con los españoles que se cerró en torno suyo como una
trampa mortal. De haber permanecido allí, explica Mira Caballos,
podría haber aniquilado fácilmente a tan reducido grupo de
extranjeros. El segundo error del inca pasó por presentarse en
Cajamarca en unas imponentes andas sostenidas por 80 nobles, una
posición muy visible y temeraria que hizo la mitad del
trabajo a unos contrincantes decididos a apresarle a toda velocidad;
nunca imaginó que pudieran siquiera acercarse. ¿El tercer error?
Empinar el codo. Seis kilómetros antes de llegar, Atahualpa se había
puesto ciego a chicha en los baños termales de Pultumarca, "lo
que favoreció su pasividad, y por tanto, su escasa
resistencia ante su captura".
El resto es conocido. La captura del inca y de su
rescate a cambio de un gigantesco tesoro al que accedió solo para
ser posteriormente ejecutado, el largo camino
hacia la capital imperial de Cusco, conquistada sin mayores
contratiempos el 15 de noviembre de 1533, y la tenaz resistencia inca
que despertó virulentamente los años posteriores. Al finalizar su
biografía, Esteban Mira Caballos evita sabiamente moralinas tan del
gusto de nuestro tiempo como extemporáneas a los hechos narrados:
"Se enfrentaron dos mundos distintos pero igualmente feroces,
cuyas cabezas visibles fueron dos guerreros curtidos en experiencias
sangrientas: Atahualpa y Francisco Pizarro. Solo uno podía
sobrevivir y lo hizo el segundo, comenzando así el
desmoronamiento de Tahuantinsuyo".

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