sábado, 17 de agosto de 2019

Cajamarca y la caida del Imperio Inca - 15 de noviembre de 1533


Tras sopesar las crónicas de la época, el historiador Esteban Mira Caballos valora en más de 2.000 las bajas sufridas por el inca. Ni un solo español murió. ¿Por qué Pizarro capturó a Atahualpa y mató a tantos de sus seguidores en lugar de que las fuerzas inmensamente más numerosas de Atahualpa liquidaran a Pizarro y los suyos? 
Las explicaciones habituales describen a un inca que minusvaloró a unos españoles de muy superior tecnología militar y que, a diferencia de él, contaban con la experiencia de Hernán Cortés en México para saber exactamente lo que había que hacer: capturar al rey dios y esperar a que seguidamente sus súbditos se desmoronasen. En 'Armas, gérmenes y acero', el célebre antropólogo Jared Diamond concluía: "No solo Atahualpa carecía de la menor idea de los propios españoles, y de toda experiencia personal de cualquier otro invasor exterior, sino que ni siquiera había oído (o leído) acerca de amenazas semejantes a cualquier otra persona, en cualquier otro lugar, en cualquier época anterior de la historia. Aquella diferencia de experiencias alentó a Pizarro a tender su trampa y a Atahualpa a caer en ella". Y sin embargo, explica Mira Caballos, tales explicaciones no son del todo precisas. Hubo algo más.

En su biografía de Francisco Pizarro, Mira Caballos defiende que el caso de Atahualpa tiene poco que ver en realidad con el de Moctezuma. Mientras el azteca recibió con auténtico terror a los hombres de Hernán Cortés, a los que creía sinceramente dioses, el inca era un hombre inteligente, según lo describen los cronistas, que acudió a la celada de Cajamarca con más curiosidad que miedo, seguro de vencer a aquellos pobres tipos a los que, sin embargo, no infravaloró. Antes realizó un minucioso seguimiento mediante espías desde su irrupción en las fronteras del imperio, les puso todo tipo de trampas en su camino, desde el desvío de los cauces de los ríos hasta la rotura de la calzada, y por último"no escatimó esfuerzos, pues se presentó con el grueso de su ejército en perfecta formación de combate". No fue su orgullo la causa de su derrota sino una serie de errores tácticos que los españoles no dejaron escapar.

Atahualpa cometió tres errores decisivos. El primero fue evacuar la ciudad y acudir a un encuentro con los españoles que se cerró en torno suyo como una trampa mortal. De haber permanecido allí, explica Mira Caballos, podría haber aniquilado fácilmente a tan reducido grupo de extranjeros. El segundo error del inca pasó por presentarse en Cajamarca en unas imponentes andas sostenidas por 80 nobles, una posición muy visible y temeraria que hizo la mitad del trabajo a unos contrincantes decididos a apresarle a toda velocidad; nunca imaginó que pudieran siquiera acercarse. ¿El tercer error? Empinar el codo. Seis kilómetros antes de llegar, Atahualpa se había puesto ciego a chicha en los baños termales de Pultumarca, "lo que favoreció su pasividad, y por tanto, su escasa resistencia ante su captura".

El resto es conocido. La captura del inca y de su rescate a cambio de un gigantesco tesoro al que accedió solo para ser posteriormente ejecutado, el largo camino hacia la capital imperial de Cusco, conquistada sin mayores contratiempos el 15 de noviembre de 1533, y la tenaz resistencia inca que despertó virulentamente los años posteriores. Al finalizar su biografía, Esteban Mira Caballos evita sabiamente moralinas tan del gusto de nuestro tiempo como extemporáneas a los hechos narrados: "Se enfrentaron dos mundos distintos pero igualmente feroces, cuyas cabezas visibles fueron dos guerreros curtidos en experiencias sangrientas: Atahualpa y Francisco Pizarro. Solo uno podía sobrevivir y lo hizo el segundo, comenzando así el desmoronamiento de Tahuantinsuyo".

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